CONVENTO DE LA PARRA: creo que acabo de encontrar mi escondite secreto


Hay lugares a los que uno viaja… y lugares en los que, sin saber muy bien por qué, siente que debería quedarse un poco más….


He venido a pasar dos días a Hospedería Convento de la Parra y creo que acabo de encontrar uno de esos lugares que uno duda si compartir… por miedo a que deje de ser secreto.


Entré buscando simplemente descansar…. y me he encontrado pensando, oliendo, observando y, sobre todo, bajando el ritmo.


Quizá tenga algo que ver con sus más de tres siglos de historia.


Este antiguo convento de clarisas fue fundado en 1673. Las últimas religiosas lo abandonaron en 1979 y, después de pasar por distintas etapas, acabó convirtiéndose en la hospedería que es hoy. Lo curioso es que, pese a todo lo ocurrido entre estos muros, uno tiene la sensación de que el edificio no ha olvidado para qué fue construido…. para vivir despacio.  


Las antiguas celdas son hoy habitaciones, el refectorio, los corredores, el claustro, los muros gruesos, los suelos… siguen hablando de aquella austeridad.


Aquí no hay lujo entendido como exceso… hay algo que últimamente me parece bastante más difícil de encontrar… silencio.


He paseado solo por el claustro escuchando el agua de la fuente y los pájaros.


En el patio, los naranjos ponen ese olor verde, ligeramente amargo, de hoja y madera que tanto me gusta. Y entonces ocurre algo curioso… cuando desaparece buena parte del ruido que normalmente nos rodea, empiezas a percibir cosas que siempre estuvieron ahí.


El agua, un pájaro, tus propios pasos, el olor de una habitación antigua, el aire atravesando un corredor….Incluso tus propios pensamientos.


Y para alguien como yo, que vive constantemente imaginando fórmulas, aromas, productos, proyectos y cosas nuevas, encontrar un lugar que consiga hacer callar durante un rato todo lo demás tiene un valor enorme.


Pero hay otra cosa que me ha impresionado todavía más…. me contaron la historia reciente de este lugar y de las familias que hoy están detrás de él… y después de observarlos trabajar durante estos días, entendí perfectamente lo que me estaban contando.


Aquí la misma persona puede recibirte, atender una mesa, resolver un problema, cuidar una estancia o estar pendiente de que absolutamente todo esté bien… no percibo la frialdad de quien simplemente gestiona un hotel… percibo personas cuidando algo que sienten suyo y disfrutando haciendo que los demás estén bien.


Y eso se nota en pequeños detalles imposibles de fingir… también en la cocina, una carta corta, equilibrada, sin necesidad de demostrar nada… pero de esas en las que empiezas a probar platos y entiendes que detrás hay producto, criterio y muchísimo cariño…


Todo lo que he probado me ha parecido espectacular.


Y mientras estaba sentado aquí he pensado algo que seguramente sea la mejor valoración que personalmente puedo hacer de un lugar…. “me gustaría volver sin necesitar ninguna excusa”.


De hecho, creo que me gustaría convertir este convento en una especie de refugio secreto… venir cuando el laboratorio, las responsabilidades, los problemas, el teléfono y ese ruido que todos vamos acumulando empiecen a ocupar demasiado espacio.


Traerme un cuaderno, sentarme bajo estos arcos, escuchar la fuente, oler los naranjos… y crear… porque llevo años estudiando cómo los aromas pueden hacernos recordar lugares y momentos… pero a veces ocurre exactamente al contrario…. primero encuentras un lugar que te hace sentir algo y después quieres guardar su olor para poder regresar a él algún día.


Quizá algún día formule el aroma de este convento…no sé todavía cómo sería… pero tendría piedra fresca, baldosas de barro húmedas, madera antigua, hojas de naranjo, agua, alguna flor escondida… y, sobre todo, mucho silencio….


Porque después de estos dos días he vuelto a recordar algo…”descansar no siempre significa dormir”… a veces descansar es encontrar un lugar donde la cabeza, por fin, deja de correr.


Y creo que yo acabo de encontrar uno….


Antonio Serrano 

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