Marruecos: el viaje que me recordó que sigo en pie
No sé muy bien por dónde empezar.
Hace unos días intenté escribir sobre este viaje y lo que sentía era de una manera. Hoy, después de las horas, de los kilómetros, del cansancio, de los silencios dentro del casco y de todo lo vivido, las sensaciones han cambiado. O quizá no han cambiado., quizás se han colocado en otro sitio.
Este viaje a Marruecos empezó mucho antes de cruzar el Estrecho.
Empezó una mañana en la ducha, haciendo ejercicios para fortalecer las piernas. Empezó mirando mi tobillo y diciéndome: esto no va a poder conmigo. Empezó cuando decidí que ya no quería seguir viendo las aventuras de los demás desde Instagram, como espectador de una vida que también quería para mí. Esta vez quería estar dentro. Quería vivirlo. Quería volver a sentirme protagonista de mi propia historia.
Sabía que venía con riesgo.
No estaba al cien por cien. Ni físicamente, ni con el tobillo, ni encima de la moto. Después de mi accidente laboral, en estos dos últimos años apenas llevaba unos meses volviendo a coger la moto, y siempre en trayectos cortos. No había entrenado todo lo que quizá debería haber entrenado. No venía fuerte….venía con miedo.
Pero también venía con algo más poderoso…venía con la necesidad de demostrarme que todavía podía.
Los últimos meses han sido muy complicados. Cada día parecía que el viaje se alejaba un poco más. El laboratorio me exigía, la cabeza no descansaba y yo sentía que todo lo que había construido dependía demasiado de mí. Había días en los que me costaba ver una salida clara, pero aun así me agarraba a cualquier hilo de esperanza. A cualquier señal. A cualquier pequeña motivación que me recordara que este viaje no era un capricho.
Para mí era un reto….era una prueba…era una forma de respirar antes de romperme del todo.
Unas semanas antes le dije a Pedro, el organizador, que se me estaba complicando todo y que no sabía si podría ir. Pero tampoco quería perder del todo la esperanza. Y entonces, casi en el último momento, pude cerrar lo imprescindible para permitirme estar allí.
Por fin…lo había conseguido… podía ir.
Y ahí empezó otra carrera… preparar maletas a última hora, localizar material sanitario y material escolar, dejar cosas hechas en el laboratorio, intentar cerrar todo lo posible, correr, organizar, respirar poco y sentir mucho. No podía estar más feliz. Tenía también algo que para mí era muy importante: la bendición y la aprobación de mi familia. Entendieron que esto no era solo un viaje, entendieron que yo necesitaba parar, necesitaba salir, necesitaba hacer algo completamente alejado del laboratorio, de las preocupaciones, de las llamadas, de esa presión que a veces se mete en el pecho y no te deja ni pensar.
También hubo personas que no lo entendieron al principio, personas cercanas al día a día del laboratorio a las que tuve que explicarles que no me iba porque todo me diera igual, me iba precisamente porque me importaba demasiado, porque estaba cansado, porque estaba roto por dentro, porque antes de romperme del todo necesitaba parar un poco.
Y hoy, ya en Tánger, en el último día en tierras africanas, siento que empiezan a aflorar muchas emociones. No sé si es el cansancio, los kilómetros, la intensidad o esa mezcla extraña que deja Marruecos dentro cuando sabes que el viaje está terminando.
Tengo ganas de llegar a casa… de decirles todo los que les quiero…. pero también siento que una parte de mí se queda aquí.
Porque Marruecos tiene algo difícil de explicar. Te moja y te seca. Te enfría y te calienta. Te sacude y te calma. Huele a tierra, a polvo, a especias, a humo, a té marroquí, a piedra caliente, a frío de mañana y a vida sencilla. Huele a camino. Huele a verdad.
Cuando voy en la moto, mi mente se calla de una forma que pocas cosas consiguen. Tengo que estar pendiente de la carretera, del cuerpo, de cada movimiento, de cada curva, de cada piedra. No hay tanto espacio para las preocupaciones. Solo aparecen pequeños descansos mentales cuando entra un olor por el casco, cuando cambia el paisaje, cuando veo una montaña, una aldea, una mirada, una mano inocente saludando.
Y entonces recuerdo por qué necesitaba venir.
Ver a los niños en los pueblos, ver cómo miran al pasar las motos, cómo algunos saludan tímidamente con una sonrisa, cómo se acercan, cómo agradecen cualquier pequeño detalle… eso me toca en un lugar muy profundo. Sé que quizá para algunos pueda parecer una tontería, pero para mí no lo es. Para mí ayudar a los niños de las tribus nómadas, saber que no tienen de nada, traerles algo, aunque sea con algo pequeño, es una necesidad… me hace sentir útil…. me hace sentir válido…. me recuerda que incluso cuando uno siente que no tiene ni para sí mismo, todavía puede dar algo.
Y a veces eso salva.
No quiero romantizar nada. No quiero decir frases bonitas por decir. Pero hay miradas que te ordenan por dentro. Hay sonrisas que te hacen callar todas las quejas. Hay niños que, sin saberlo, te devuelven una parte de ti que creías perdida.
Este viaje también me ha dado compañeros.
Personas que empezaron siendo desconocidas y que, kilómetro a kilómetro, se fueron convirtiendo en parte del camino. Cada uno venía con su propia historia, con sus propias razones, con sus propias heridas o ilusiones. Algunos buscaban aventura. Otros desconectar. Otros repetir una experiencia. Otros, quizá, ni siquiera sabían bien lo que venían buscando.
Pero algo bonito de este grupo es que, aun teniendo cada uno sus amigos y su forma de ser, siempre hubo una mano pendiente, una mirada de cuidado, una ayuda cuando hacía falta. Y eso, cuando vienes con miedo, con un tobillo que todavía no está al cien por cien y con la cabeza llena de dudas, se agradece más de lo que se puede explicar.
Gracias a mis compañeros de viaje por estar pendientes de mí.
Gracias por cada gesto.
Por cada ayuda.
Por cada palabra.
Por cada risa.
Por cada momento compartido.
Gracias a Pedro por hacerlo posible, por organizar, por sostener y por abrirnos este camino.
Gracias a todos los que, de una forma u otra, me ayudaron a llegar hasta aquí. A quienes creyeron. A quienes empujaron. A quienes me dieron ánimos. A quienes entendieron que esto para mí no era simplemente subirme a una moto y cruzar Marruecos.
Era mucho más….era volver a ganar una pequeña batalla….
Hubo personas que me dijeron que quizá no volvería a andar bien. Que vendiera las motos. Que vendiera los caballos. Que asumiera que ciertas cosas ya no serían para mí. También hubo momentos en los que yo mismo llegué a dudarlo. Momentos en los que pensé que tal vez se había acabado una parte de mi vida.
Y verme ahora aquí, después de tanto esfuerzo, después de tanto miedo, después de tanta incertidumbre, me hace sentir que he ganado una partida importante.
No contra nadie…contra mi propia rendición ¡¡...
Porque a veces la vida no te pide que ganes a los demás. Te pide que no te abandones. Te pide que sigas dando un paso más, aunque sea pequeño. Te pide que te levantes con dolor, que entrenes aunque cueste, que vuelvas a intentarlo aunque no estés seguro, que te permitas tener miedo sin dejar que el miedo conduzca por ti.
Este viaje me ha recordado que necesito vivir así.
Necesito mis viajes...Necesito mis retos…Necesito conocer culturas, formas de vida, pensamientos distintos…Necesito sentir el mundo, no solo verlo desde una pantalla…Necesito oler la tierra, probar su comida, beber su té, mirar a la gente a los ojos y recordar que la vida es mucho más grande que mis preocupaciones.
Estos días he bebido más té marroquí del que puedo contar. Y cada vaso tenía algo especial: el calor, el dulzor, el aroma de la hierbabuena, esa forma de parar el tiempo aunque sea unos minutos. El té aquí no es solo una bebida. Es una pausa. Es hospitalidad. Es conversación. Es presencia.
Y quizá eso también me lo llevo: aprender a estar más presente.
Porque he venido a Marruecos buscando desconexión, pero me he dado cuenta de que desconectar no siempre es apagar el teléfono. A veces desconectar es recordar quién eres cuando no estás corriendo. Cuando no estás apagando fuegos. Cuando no estás intentando salvarlo todo. Cuando simplemente respiras, miras alrededor y dices: estoy aquí.
No todo ha sido fácil. Mi cabeza ha vuelto muchas veces al trabajo, al laboratorio, a las preocupaciones, al miedo de no poder avanzar con el lo necesario, a la sensación de que todo depende demasiado de mí. Pero también he entendido algo: si yo me rompo, nada se sostiene mejor. Parar no es abandonar. Cuidarse no es fallar. Salir a tomar aire no significa querer menos lo que uno ha construido.
Al contrario…a veces hay que alejarse un poco para volver con más fuerza.
También me llevo algo muy íntimo: la necesidad de perdonarme. Este viaje ha removido recuerdos, culpas, heridas antiguas y partes de mi pasado que todavía duelen. Hay momentos en los que soy demasiado duro conmigo mismo. Me cuesta perdonarme errores, decisiones, formas de hacer las cosas que quizá hoy haría de otra manera….pero sigo aprendiendo…
Estoy aprendiendo que uno puede reconocer el daño, pedir perdón, sentir dolor y aun así no condenarse para siempre. Estoy aprendiendo que cargar eternamente con la culpa no repara nada. Que la verdadera reparación empieza cuando uno se hace responsable, pero también cuando se permite seguir viviendo con más conciencia, más humildad y más amor.
Por eso este viaje no ha sido solo físico.
Ha sido mental, emocional y espiritual.
Me voy de Marruecos agradecido a Dios por haberme permitido estar aquí. Por haberme dado fuerzas cuando no las tenía. Por haber puesto personas en el camino. Por haberme abierto una puerta justo cuando parecía que se cerraban todas. Por recordarme que todavía hay sueños posibles.
Me voy agradecido a mi familia, porque saber que alguien te espera en casa cambia la forma de mirar el mundo. Saber que tienes unos brazos a los que volver te da fuerza. Saber que hay amor al otro lado del viaje hace que cada kilómetro tenga más sentido.
Me voy agradecido a mis compañeros, porque ningún camino se vive igual cuando hay gente buena alrededor.
Me voy agradecido a quienes hicieron posible que pudiera venir, incluso en un momento en el que parecía imposible.
Y me voy agradecido a Marruecos, a sus paisajes, a sus olores, a.sus niños a sus pueblos, a sus caminos, a esa mezcla de dureza y belleza que te pone frente a ti mismo sin pedir permiso.
Llegué con miedo.
Llegué con dudas.
Llegué con el cuerpo tocado y la cabeza llena de preocupaciones.
Pero me voy con algo que necesitaba recuperar: la sensación de que sigo en pie.
Y eso, para mí, lo significa todo.
Marruecos no ha sido solo un viaje. Ha sido un reto, una cura, una lección y una forma de recordarme que sigo en pie. Gracias a todos los que lo hicieron posible, a mis compañeros por cuidar de mí, a mi familia por esperarme y a cada niño que me regaló una sonrisa. Hay viajes que no se hacen solo con la moto; se hacen con el alma.

Comentarios
Publicar un comentario